Naipe quemado

cuento publicado en la revista Co&Co, num 2.
Barcelona 1993,
y en BarcelonaReview,
2002.

 


Todo había empezado como un juego inventado por Papá para que el Nene se fuera a la cama sin protestas, y que Mamá, con cara complacida, seguía con la mirada desde la cocina mientras preparaba la cena, lavaba los platos o ponía en remojo las legumbres para el guisado del día siguiente, contenta de saber que cuando el Nene estuviera dormido tendría unos momentos de paz para sentarse junto a su hombre a hablar de los acontecimientos del día, escuchar música o simplemente acariciarse el uno al otro hasta que el sueño los venciera.

Mientras ella vivió, todas las cartas estaban sobre la mesa y los presagios eran sólo una excusa, el previsible adelanto de lo que sucedería un momento después: "hay un nene que se lavará los dientes", "hay cierto niño que tiene que irse a dormir", "esta carta anuncia un sueño plácido con muchos angelitos para alguien que yo me sé". Eran tan de broma los vaticinios que hasta el mazo oracular era mestizo: restos de otros mazos desahuciados, la forzada convivencia pacífica de naipes españoles y franceses.

Sin embargo, los tres eran felices cómplices de ese ritual doméstico en el que cada cual jugaba un rol previamente asignado, una puesta en escena repetida cada noche con el absoluto beneplácito de los otros: Mamá sonreir, Papá mezclar la baraja y repartirla sobre la mesa formando un dibujo que en cada tirada pretendía ser diferente, y el Nene acatar refunfuñando lo que el destino supuestamente le ordenaba.

El día en que internaron a Mamá, fue el Nene - que a esa altura se llamaba Carlitos - quien insistió para que aquella misma noche Papá volviera a barajar las cartas, pero fueron los dos, sin decirse una palabra ni atreverse a levantar los ojos de la mesa, los que humedecieron con sus lágrimas el tapete de lana verde cuando la dama de pique apareció rodeada de bastos.

La enterraron un domingo de sol radiante en que la primavera cercana se presentía en las ramas hasta ayer negras de los plátanos, mientras Carlitos no podía dejar de pensar cómo le hubiera gustado aquel día a su pequeña madre. Esa tarde, con los ojos nublados, quemó en un fogón de la cocina la carta con la dama de pique y, sin pedir permiso a nadie, soltó las cotorras, regaló las plantas a las vecinas del edificio y decidió que la vida era un sinsentido que ni siquiera merecía el altivo gesto del suicidio.

A partir de aquella noche en que la cocina se había quedado sin sonidos, ya no se cenó en la casa. Su padre adquirió, según dijeron, la melancólica costumbre de los bares, y él prefería comer cualquier cosa por la calle, entre cigarrillo y cigarrillo.

Se encontraban al regreso, casi de madrugada y frente a una taza humeante de un líquido impreciso; los dos igualmente taciturnos, opacos y sin esperanza, con la desolada certeza de que la alegría se había escapado tras una mujer menuda con nombre de flor antigua, esa mujer que ahora yacía sola y callada en un lugar cerrado, oscuro y húmedo.

El padre seguía jugando con el ajado mazo de cartas, y el hijo, ya Carlos para siempre, preguntaba sobre el porvenir de una existencia que el padre descifraba promisoria, leyendo paz donde sólo había espadas; apasionadas mujeres esperando a la vuelta de una esquina, fortunas millonarias al alcance de la mano, viajes a exóticos países en compañía de importantes personajes: según Papá todo aparecía allí, sobre el tapete verde, como si de una pantalla de cine se tratara, contradiciendo los días repetidamente iguales, la mediocridad sin atenuantes del Nene ya crecido. Este, que calló al principio para engañar la realidad y no desconsolar al padre, empezó al poco tiempo a ahogarse con tanta saliva amarga mal tragada, con tanta desmentida silenciosa, con tanto grito sofocado. Grababa en su mente las cartas portadoras de bonanza y, esa misma noche, las convertía en ceniza. Quería obligar a la suerte -y a su padre, que dormía inocente- a no mentirle. El viejo, sin notar que el número de cartas disminuía cada noche impidiéndole componer los antiguos arabescos, pensaba haber perdido su habilidad para el dibujo, culpando de este hecho desgraciado a la senilidad y la nostalgia, a las que llamaba, con inconsciente ternura, "mis dos nuevas compañeras de infortunio".

La noche que del mazo amestizado quedó tan sólo un as de trébol mustio, el Padre se levantó en silencio de su silla y, mirando a la mesa, habló al hombre que tenía a su lado:

-Tiene suerte, hijo, pero no tanta como para compartirla.

Carlitos, finalmente un maduro Señor Carlos, pudo ver cómo su padre se marchaba. Jamás, pese a esperarlo, vio el regreso.

 
       

El delfín angélico

texto publicado en Ayesha, www.ayesha.com
marzo, 2002

 

Viernes 23 de marzo de(l) 2001.

Vamos a comer con Jota y otra pareja de amigos a El Pebre Blau de la calle Banys Vells. Después de allí nos acercamos hasta el Gimlet Bar. Algunos quieren tomar una última copa antes de acostarse. Son casi las tres de la madrugada cuando logramos separarnos de nuestros acompañantes en la esquina de Ferrán y Vía Layetana. La calle está animada, pero por la acera que transitamos con Jota, la izquierda de Ferrán en dirección a las Ramblas, no nos hemos cruzado con nadie.

Como suele ser costumbre en estos casos, vamos comentando algunas circunstancias de la cena. De pronto siento un susurro extraño y giro la cabeza. A dos metros de distancia nos sigue un globo plástico de unos ochenta centímetros de altura. Ha perdido algo de gas, pero de cualquier manera conserva bastante intacta su apariencia de delfín.

Sorprende la presencia de este extraño personaje nocturno de color azul metalizado que se desliza erguido sobre la cola con suave elegancia. Lleva el morro hacia adelante y arrastra un trozo de hilo de poco más de dos palmos. Nos detenemos para mirarlo y él se detiene también. Volvemos a caminar y él retoma nuevamente su marcha.
Llegamos así hasta la plaza Sant Jaume.

Una pareja mayor que pasea tomada del brazo se queda paralizada, los ojos tan redondos como las monturas de sus gafas, al enfrentarse con nosotros. A través de sus miradas tomo conciencia de que formamos un extraño cortejo. Cada vez que nos detenemos el delfín se detiene. Cuando damos unos pasos él vuelve a seguirnos. La pareja de ancianos, estupefacta, no se mueve de su sitio. Por nuestro lado pasan pequeños grupos de gente joven. Miran al delfín, nos miran y vuelven a mirar al delfín. Nos quedamos parados en medio de la calle y el delfín nos imita, manteniendo siempre la distancia que lo separa de nosotros.

Los jóvenes viandantes tienen bastante alcohol encima como para no cortarse con la escena, que, con otra ambientación y distintos colores, parece copiada de "Le balon rouge" de Albert Lamorisse. Estos borrachos además de jóvenes son simpáticos. Lanzan exclamaciones, se ríen, acarician a nuestro perseguidor metalizado que continúa impasible en mitad de la plaza, apuntando con el hocico hacia donde estamos.

Decido extremar la experiencia y, alargando el brazo derecho, moviendo la mano, lo llamo.
-¡Eh tú, delfín! ¡Ven aquí!
El delfín se acerca y todos los presentes aplauden.
Lo tomo del hilo y me lo llevo a casa. No tengo la más mínima idea de qué voy a hacer con él, pero tampoco puedo dejarlo tirado en la calle.

-Tú te quedas aquí.
Hablo con el globo, señalándole la terraza. Supongo que, de no ser el producto de un sueño, Federico, mi gato, se encargará de él durante la noche.

A la mañana siguiente me asomo para ver los restos de lo que alguna vez fuera un objeto animado y el globo azul metalizado sigue allí, sin cambios aparentes; meciéndose suavemente con el aire, apuntando con el morro hacia donde estoy, mirándome. Le digo "buenos días" y me pongo a trabajar. Sonrío.

Un rato después algo muy sutil roza mis piernas. Supongo que es el gato y estiro una mano para acariciarlo. Me encuentro con una superficie fría y lisa. Es el globo con aspecto de delfín. No logro entender cómo se ha colado por la puerta entreabierta, ha atravesado toda la cocina y, haciendo un giro de casi 180 grados, ha entrado en la habitación donde trabajo, para finalmente instalarse, siempre erguido, bajo de la mesa del ordenador. No hay viento alguno, y el felinesco Federico, que anda por allí con cara adormilada, ha visto pasar el objeto inflado sin echársele encima.
No sé qué explicación darle a todo esto. Ni siquiera sé si es necesario buscarle alguna.

Durante varios días tuve un gato, ocho peces y además un delfín, éste último desinflándose poco a poco, muriendo de pie, como un árbol, al lado de mi mesa de trabajo.

Barcelona, febrero de 2002

 
       


Daniel Melgarejo

semblanza publicada en la revista Lateral,
abril 2001.

 
El pasado primero de mayo, Daniel Melgarejo, dibujante argentino y entrañable amigo, hubiera cumplido cincuenta y tres años. La muerte, tan desagradable y apresurada como siempre, decidió poner punto final a su historia muchos años antes, en el otoño de 1989. Lo hizo en Nueva York, la ciudad que acogió sin demasiadas reservas la inclasificable personalidad de un porteño con raíces trashumantes que, recién comenzados los setenta, había elegido como primera escala de su periplo por el mundo la oscura Barcelona predemocrática, más cercana a Jean Genet y al brestiano Jazz Colón que a Gucci, Cartier o Carolina Herrera.
Peret y Miguel Gallardo, conocidos dibujantes barceloneses, conocieron a Melgarejo cuando trajinaba por calles, revistas y agencias de publicidad, acompañado siempre por su cáustico humor, aunque también por un puñado de lápices y unos cuantos papeles, esa infraestructura móvil que le permitía ganarse la vida al mismo tiempo que lo ayudaba a dar cuerpo a algunos de sus delirios y sueños.
Haciendo orden en mi estudio, revolviendo y tirando papeles, encontré unas notas que había escrito cuando convivimos durante unas semanas en el apartamento que Daniel alquilaba en el West Side de New York. Aquella fue la última vez que nos vimos. Aunque han pasado muchos años desde su muerte, puedo asegurar que "el Melga" siempre está a mi lado, que por una u otra razón siempre lo recuerdo.


Último encuentro en aquella ciudad


El marco es como un pequeño ojo de buey, cromado y redondo. Encerrado entre sus estrechos límites está Daniel Melgarejo con cara de marinero feliz, capitán de su propio barco. Sonríe con todos los dientes; arqueando hasta el límite las cejas rojizas, empequeñeciendo un poco más los ojos achinados. Es un Van Gogh que realizó sus sueños y luego de despreciar con ademán alegre la cuchilla afilada, el gesto definitivo, el dolor y la venda, se dedica a lucir con orgullo adolescente sus orejas voladoras, importantes e intactas, y esa calva prematura que parece competir en brillo con los puntos de luz celeste cielo cargados de inteligente ironía que conformaban sus ojos. Lleva una camisa blanca sin planchar abierta hasta el tercer botón y la barba corta y bien cuidada. El labio superior está apenas cubierto por el bigote poco tupido y desparejo; el inferior es carnoso, prominente y se muestra sonrojado, como si esas palabras gruesas a las que habitualmente sirve de trampolín avergonzaran los nada escasos momentos de introspectivo silencio.
Al lado de la foto enmarcada de Daniel he puesto una estampita del primer Mickey Mouse, su santo patrón, uno de los personajes que más amaba. En ella el ratón aparece con el morro desproporcionado, las orejas demasiado pequeñas y unos extraños, por poco habituales, calzones de color verde musgo. Con el dedo índice de la mano derecha señala el retrato cercano de Daniel, con el de la izquierda el techo de la habitación, o tal vez un poco más allá: hacia ese impreciso cielo donde mi amigo se paseará subido a unos coturnos de luz multicolor, mientras siembra de estruendosas carcajadas la quietud hasta aquel momento angelical de un tan improbable como pluriestelar paraíso.
En esta foto no aparecen sus manos, pero podría asegurar que la derecha estaba sosteniendo un lápiz, un pincel o un rotulador. También que mientras esperaba entre ansioso y divertido el disparo del fotógrafo, dejaría escapar de las puntas de los dedos –cortos, gruesos, masculinos– un buen puñado de aquellas líneas que parecían bailar por las superficies del papel con absoluta libertad, aunque que en realidad estaban atadas a una milimétrica coreografía, a una muy pensada puesta en escena que acabaría convirtiéndolas en personajes extraños, en seres insólitos de destino tan caprichoso como el de su hacedor.

Me anunció su enfermedad por teléfono, con el mismo desparpajo conque hablaba de todas sus cosas, por más íntimas que fueran.
—Chiquita (acostumbraba usar el femenino cuando quería mostrarse cariñoso), al fin me lo he pescado.
Parecía contento, pero los dos sabíamos que la que me estaba dando no era una noticia feliz; que la alegría, (ese don que le permitía superar una siempre sensible, lúcida, desesperada concepción de la realidad) se había marchado para siempre de su vida.

Aunque todos los miembros de la familia Melgarejo eran católicos practicantes, Daniel había nacido en Villa Crespo, un tradicional barrio judío de la ciudad de Buenos Aires. Según solía decir, allí le habían contagiado el perfil semítico, esa nariz accidentada y prominente que, dependiendo de la calidad de sus humores, emparentaba con las de Wanda Landowska, Jimmy Durante o Barbra Streisand. Los últimos años de su vida los vivió en Nueva York, en un colorido apartamento del West Side, cerca de Broadway y la calle 42. La cocina amplia y luminosa estaba pintada de turquesa y amarillo, pero esto no la convertía en un ambiente juvenil de serie televisiva o en una imagen satinada y amable de revista de decoración, porque los tonos elegidos para esos colores y la forma en que habían sido usados sobre las distintas superficies tenían tal densidad plástica, tal intención pictórica, que recordaban mucho más las pinturas que Picasso y Matisse dedicaron en su momento a la Costa Azul francesa.
Sobre una de las paredes más estrechas de aquella habitación había dos grandes ventanas provistas de generosos alféizares que se comunicaban mediante escaleras de hierro con un patio de manzana en el que confluían varios jardines bastante descuidados. Por ellos se paseaban con aire displicente gatos y ardillas de aspecto saludable y algunos pájaros de plumaje negro a los que todos llamábamos cuervos pese a no estar demasiados seguros de que lo fueran realmente. Entre las amplias ventanas con vidrieras de guillotina estaba la mesa donde comíamos, que era el mismo lugar donde se desarrollaban las largas tertulias con abundancia de infusiones y alguna que otra acalorada discusión. Cubierta por un hule de color estridente, ya no recuerdo si rojo o verde, aquella mesa de patas metálicas, apreciable reliquia de los años cincuenta, parecía estar siempre preparada para recibir comensales, para repartir sin tacañería alguna, con el natural desprendimiento de alguien que está habituado al lujo y la abundancia, esos alimentos que sin faltar nunca del todo jamás sobraban demasiado.

Por aquella época, un invierno no demasiado crudo de los años ochenta, yo todavía fumaba. Cada vez, y eran muchas en el día, que hacía el gesto mecánico de buscar un cigarrillo, Daniel, que ya había dejado de consumir porros y jamás había sido aficionado al tabaco, me miraba con cierta irónica ternura, que yo, ansioso como estaba por cargarme de toxinas, prefería no tener en cuenta. Un segundo después, preocupándose porque su voz sonara de la forma más neutra y dulce posible, me decía cosas del estilo de "Dante, ¿por qué te empeñás en estropear el maravilloso aroma de estos pomelos con ese olor nauseabundo?" o "¿Y si tratás de relajarte? Aquí somos todos amigos…"
Al menos en lo que a él se refiere esto último era más verdad de lo que yo, algo envanecido por aquellos tiempos, podía suponer. Durante casi veinte días soportó estoicamente no sólo mis malolientes emisiones de humo, sino también que yo ocupara su cama, sin ninguna duda la mejor de la casa. Rodeada de unas librerías que él mismo había confeccionado con maderas desiguales encontradas en la calle y clavos de distinto tamaño y grosor, muchos de ellos doblados por la mitad o con las agresivas puntas a la vista, la cama tenía, además de los mejores colchones, las sábanas más nuevas y las frazadas más tupidas y esponjosas, las que más abrigaban. En el estante cercano a lo que sería mi cabecera, Daniel había dispuesto una cantidad de objetos que supuso podían darme calor de hogar: un Popeye con cuerpo de plástico y ropa de tela que abrazaba a una Olivia de características similares, un Goofie, un Mickey y un Donald diseñados por él para el merchandising de los Estudios Disney y que estaban pensados para servir como contenedores de golosinas, varios libros antológicos de clásicos de la historieta (Little Nemo, la pequeña Lulú, Spirit, Dick Tracy), mis preferidos en nuestra ya algo lejana juventud bonaerense, una lámpara de mesa típica de los años cincuenta, con el pie de metal dorado y la pantalla en forma de cáliz invertido, también de metal aunque pintado en un indefinido gris verdoso, un botellón de agua con vaso incluido y hasta un cenicero publicitario de cristal para que, si pese a todos sus consejos, yo decidía fumar en la cama, tuviese un lugar idóneo donde arrojar las cenizas. Recién ahora entiendo el sacrificio que significó albergarme en su casa, dejarme su cama y aguantar todos esos humos, que por aquella época, y recién ahora soy consciente de esto, no eran únicamente los que se desprendían de mis cigarrillos. Cuando finalmente me fui de su casa, casi todas las cosas que adornaban aquel estante acabaron en mi ya sobrealimentada maleta. Eran regalos que, sin siquiera suponerlo, tenían mucho de herencia del siempre espléndido Daniel, que excluyó de aquel magnífico legado sólo dos de los objetos que habían custodiado mis sueños: la pequeña lámpara de los años cincuenta y el cenicero de cristal con la algo descolorida publicidad hotelera. Este último porque pretendía que dejase de fumar y ya no lo necesitara nunca más; la lámpara porque según me dijo no sólo era la que usaba para leer en su cama neoyorquina, sino también la que había alumbrado las lecturas nocturnas de toda su infancia porteña, y que su madre, una antigua campeona de tenis que en aquellos días estaba dedicada full-time a la canasta uruguaya, le había llevado desde Buenos Aires en un rapto de amoroso desprendimiento.

Mientras yo estaba parando en casa de Daniel, un rubio y nervioso dibujante holandés que pretendía ser su novio le regaló dos docenas de tulipanes amarillos, un presente muy caro para la Nueva York de aquel momento.
"Mirá el estúpido este", decía "el Melga" con cara de Saturno enfurecido, al mismo tiempo que metía los tulipanes en un cubo de plástico luminosamente verde, "¿sabés la cantidad de comida que podríamos haber comprado con toda esta plata?"
El último día que pasé en aquella casa fue también mi último día en Nueva York. El invierno, que había sido particularmente suave con nosotros, decidió mostrarnos su cara más temida, que no fue para nada la más desagradable: nevó por primera vez desde nuestra llegada y empezó a hacerlo desde muy temprano, con las primeras luces de la mañana.
Daniel, como otro amoroso regalo de despedida, decidió llevarnos a conocer el terrado de su casa, un espacio que me resultó, como muchas otras cosas de aquella ciudad, más que cercano, familiar. Con toda seguridad porque era idéntico al de muchas de las películas norteamericanas (y así, en un vuelo corto y superficial por mi memoria, recuerdo West Side Story, Sweet Charity, Días de radio) que había visto en mi vida.
Se accedía a él por una puerta estrecha de metal desde el piso sexto o séptimo del edificio, una edificación antigua sin demasiadas pretensiones que pese a no estar cuidada con ningún esmero especial se conservaba con bastante dignidad y más que notable limpieza. No había ascensor y la idea de trepar hasta allí sabiendo que poco después tendríamos que arrastrar maletas excedidas de peso para embarcarnos en un vuelo transoceánico de varias horas, no me pareció demasiado feliz. Daniel, sin embargo, sabía muy bien lo que estaba haciendo: detrás de la pequeña puerta de metal pintado nos esperaba un paisaje de sueño. Los techos alquitranados semicubiertos por la nieve, ese atardecer, con el cielo gris plomo apuñalado por los rascacielos, mostrándonos sin ningún pudor sus entrañas de fuego hirviente por un puñado de heridas, y el resto de la ciudad perfilándose a lo lejos, entre las compactas brumas que escapaban de los subsuelos, valían mucho más que el esfuerzo, en realidad nimio, de llegar hasta allí.
Luciendo la misma cara de gozosa plenitud que muestra en la foto con marco cromado que ahora tengo al alcance de mi mano, el Melgarejo (así lo llamábamos sus amigos cuando no estaba presente) nos mostraba con el orgullo feliz de quien muestra su obra más lograda aquella escenografía expresionista digna de Murnau, convencido de que mientras permaneciera en nosotros un rastro de memoria, nos sería imposible olvidar aquel instante de umbrío e íntimo esplendor.

Un rato más tarde, cuando ya abandonábamos la casa de Daniel rumbo al aeropuerto, eché una última mirada hacia los tulipanes amarillos: diez días después de su llegada todavía seguían cantando enfurecidos desde lo alto de la nevera. Recortándose con insolencia sobre el azul turquesa de las paredes, parecían el sol de un mediodía estival detenido sobre las aguas quietas y profundas del mediterráneo.
Volvíamos a Ibiza, otra isla.

Abril 2001

 
       

La muerte del telesférico

Leído en el encuentro de Diálogos con la lengua;
Fórum Latinoamericano,
ICCI, BCN, 2002

 

 

Megalómano, omnipotente, me inquieta pensar que puedo haber sido yo, con mis aprensiones, quien lo enfermó de muerte. Llevaba allí, sumergido en la pecera, un buen montón de tiempo. Me costaba verlo. Cada día al levantarme lo buscaba, obsesivo, entre las plantas acuáticas y los otros siete peces.
Negro, profundamente negro, con ojos saltones, exagerados, y largos velos de odalisca, sugerentes en su oscura transparencia, era más solitario que los demás compañeros de habitáculo, casi todos ellos carpas doradas, naranjas o amarillas.
Me preocupaba por él. Pensaba que tal vez su diferencia lo hacía más vulnerable, lo condenaba a la soledad y al ostracismo. Que algún día esa soledad lo llevaría a la tristeza y la tristeza a la muerte. Siempre, sin embargo, aparecía, y lo hacía unos segundos después de que yo dejara caer los copos de comida, coloreada como hueso y carne seca, sobre el agua verdosa en constante movimiento.
Elegante, distraídamente, se alimentaba durante unos segundos para luego volver a ocultarse entre las plantas que parecían querer imitar, con otro color, sus volátiles velos.
No podría asegurar que fuera el más hermoso, sí el más inescrutable.
Llegué a pensar que era ciego; que las protuberancias donde descansaban sus ojos podían ser puro disfraz, un rasgo exagerado para disimular la absoluta carencia de luz en aquellos ligeros brillos negros sobre el negro opaco de su cuerpo.
Hoy finalmente, para corroborar un presentimiento alimentado por la certeza de lo inexorable, "el Teleférico" -así es como llamaba a mi pez con vocación o destino de sombra- se ha muerto.
Lo saqué del agua con gesto rápido y valiéndome del objeto que encontré más a mano: una gran cuchara para servir ensaladas.
Salió de perfil, los velos húmedos desbordando del momentáneo contenedor: refinados trazos de tinta china que escapaban presurosos de una realidad demasiado doméstica.
Despojado de vida, volvía a su esencia de dibujo oriental, a la quieta infinitud de la representación.

BCN, 19 de noviembre de 2002